Miguel Ángel Asturias



Castigo de Profundidades


Ardieron bosques y ciudades deshabitadas
a la orilla de ríos que dejaban calcinarse
piedras y ribazos,
encías sangrantes
y dientes de ceniza mantecosa
como la distancia que el azacuán de humo dorado
trae en las alas, desde las tierras australes.
Mariposas de trementina
volaban de los troncos de los pinos.
Cataratas de sudor de orquídeas
llovían de los brazos de las ceibas.
Polvo de fuego caía de los encinales secos,
bálsamo hirviente de los liquidámbares
y al perfume de los tamarindos en llamas,
se unía el de los cacahotales, olor a chocolate,
entre los craquidos de hueso de los chicozapotes,
los palos de hule retorcidos en columnas elásticas,
los palos de chicle lloviéndose de cabellos de leche,
y los conacastes crepitantes,
roja sangre de cabelleras arrancadas,
y los matilisguates dormidos,
casi minerales,
y las caobas de carne,
ya manteca al contacto de una constelación
que perdió un pie en el incendio del cielo
y ahora paseaba su pierna de fuego
en el incendio de la tierra.

Ballenas extraviadas en mares tropicales,
fosforescentes, tórridos mares voladores,
jugando a las vaqueras, lanzaban chorros de agua
para lazar al tigre del incendio,
al tigre de rubíes rechinantes,
que recobraba su ferocidad de cometa enloquecido
al caer en las coyundas de aros de cristal
de las vaqueras azules,
lazos líquidos que lo retenían,
paralizado por sorpresa,
no más tiempo que el que tardaba en romper
en deshacerse del agua hecha humo,
mientras las corsarias, islas flotantes de ojos diminutos,
alcanzaban a lazarlo con nuevos y más potentes
chorros de agua, argollas de nudo corredizo,
órbitas de las que el tigre de rubíes rechinantes
se arrancaba entre llamas y astros,
contra la constelación del espejismo,
la que perdió el pie, la contelación de la distancia,
y contra el ejército de lagos azules
parapetados en la boca de los volcanes más altos,
lagos que antes de caer en pedazos,
vencidos, evaporados,
saltaban
y enroscados al tigre de rubíes galopaban con él,
convertidos en serpientes de llamas de turquesa.

La tierra fue sometida
a castigo de profundidades.
Después del incendio, las invisibles lluvias,
el suelo trastornado, el huracán de lodo,
las navajas del sol,
el chichicaste en la carne viva…

castigo de profundidades
por haber dado cabida
al primer bárbaro, no al último,
a la primera bestia humana,
al primer verdugo
en mi país forjado a miel.

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